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Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti.

Originalidad de las fundaciones vicencianas

Las instituciones vicencianas de caridad no son originales de san Vicente de Paúl ni de santa Luisa de Marillac. Son el resultado de una evolución que desde la Edad Media llega al siglo XVII. San Vicente y santa Luisa fueron dos escultores que emplearon el material que ya se usaba en la escultura y encontraron definidos los estilos. Lo que ellos hicieron fue darles la savia para que dejaran de ser piezas de museo y tuvieran vida en la calle y en las casas.

Las Caridades ya existían desde la Edad Media, los misioneros paúles se entroncan con las congregaciones seculares del Oratorio, Oblatos y jesuitas, y las Hijas de la Caridad son una evolución de las Caridades, de las Ursulinas y de las Visitandinas, sin olvidar a María Ward y a aquel movimiento femenino que la historia denomina beguinas, “mujeres religiosas” o semirreligiosas que se dedicaban a obras de caridad, viviendo la castidad y la pobreza en el mundo sin hacer votos públicos. Unas veces eran acogidas con admiración y otras con burla o desdén, según el valor que la gente daba al voto de castidad. El arquetipo de la Compañía estaba esparcido en la sociedad cristiana, aunque nadie lograba realizarlo. El Concilio de Trento había prohibido erigir nuevas congregaciones religiosas, pero autorizaba a los obispos a erigir cofradías de seglares en sus diócesis, convirtiéndose en el único camino posible pa­ra renovar el mundo y la Iglesia por medio de los laicos[1]. Vicente de Paúl y la señorita Le Gras supieron colaborar con la Providencia en el momento oportuno para instituir una cofradía de seglares de las autorizadas por el Concilio. Supieron le­er los signos de los tiempos y tuvieron audacia para realizarlo, tenacidad para no abandonar y sagacidad para no enfrentarse ni a la Iglesia ni a las autoridades civiles[2]. Es lo que caracterizará igualmente a Federico Ozanam y a sus seis compañeros dos siglos más tarde.

El camino que le mostró Vicente de Paúl a la señorita Le Gras fue descubrir la voluntad de Dios no sólo en la oración y en las Sagradas Escrituras, sino también en los acontecimientos de la vida, sobre todo, si repercuten en los pobres. Aquel hombre y aquella mujer tuvieron valor para fundar residencias de ancianos en el siglo XVII con telares donde los ancianos y pensionistas trabajaran, pagaran su pensión y se sintieran útiles; acertaron en la manera de atender a los migrantes de la guerra y del hambre, sobre todo a las jóvenes, carnaza para los soldados, acogiéndolas en conventos y en establecimientos fundados expresamente para ellas y de acoger en los colegios a los niños de la calle, a las niñas tímidas o que trabajaban, acomodándoles los horarios y dándoles clases aún los domingos. Acierto que también tendrán en el siglo XIX el señor Bailly y siete jóvenes estudiantes al fundar la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP).

Los pobres, ciertamente, están en los escasos pueblos pequeños que aún existen aislados en la España vaciada y en otras naciones, pero la mayoría de los pobres nativos y extranjeros emigran a las ciudades donde las ayudas de las instituciones estatales y privadas son más abundantes, están mejor organizadas y donde siempre se puede mendigar. Al llegar a la ciudad, se cobijan en zonas concretas con alquileres bajos, y no por ser emigrantes, sino por ser pobres, pues los nativos también viven en esas zonas.

Pero la originalidad más incisiva está en la vida espiritual que san Vicente inculcaba a las Hijas de la Caridad, repitiéndoles continuamente: no salgáis nunca de la oración. Consejo que tiene actualidad y que podemos concretizarlo en una práctica más sencilla: sentir a Jesús a nuestro lado en cada momento del día.

[1]Concilio de Trento, sesión XXIII, cap. 8; Constitución Quicumque (1604) de Clemente VIII y Constitución Quae Salubriter (1616) de Pablo V.

[2]Ved la biografía de santa Luisa de Marillac, Benito MARTÍNEZ, Empeñada en un paraíso para los pobres, CEME, Salamanca, 1995, p. 81-88.

Fuente: FAMVIN.ORG por Benito Martínez., C.M.

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